• David Crevillén - GrupoDC Solutions / Beatriz

Motivación y M.O. en Manhattan y Texas


Year 3 - Week 2

ISSN 2603 - 9931

Las postrimerías de octubre y primeros días de noviembre nos dejaban dos nuevos ataques en territorio estadounidense, menos de un mes después de la masacre de Las Vegas. El día 31 por la tarde una furgoneta se lanzaba sobre un carril-bici en Mahattan, provocando seis muertos. Apenas una semana más tarde, un individuo armado irrumpía en una pequeña iglesia de Texas y abría fuego sobre sobre los congregados, con un saldo de 26 muertos. Sin embargo, pese a que ambos casos sembraron el terror en dos localidades diferentes, están separados por un elemento clave: la motivación.

La motivación es la construcción mental que el individuo hace para acercarse a una situación y gestionarla en un sentido u otro. En algunos casos esta construcción mental se halla mediatizada por una ideología subyacente, en otros por circunstancias que afectan exclusivamente al individuo. Los dos casos que vamos a analizar en este artículo presentan dos motivaciones diferentes, que inciden en el modus operandi, para llegar a un mismo resultado: un incidente armado con múltiples víctimas.

31 de octubre en Manhattan. La motivación del atacante, el uzbeko Sayfullo Saipov, se basaba en una variable ideológica, en el sentimiento de pertenencia derivado de un proceso de radicalización de un individuo que llevaba viviendo en los Estados Unidos desde 2010. El arma de elección en este caso fue un camión alquilado, con el cual Saipov se lanzó contra un carril bici próximo a la zona cero de Manhattan, atropellando a seis turistas de nacionalidad argentina que fallecieron en el incidente e hiriendo a casi una treintena, antes de chocar contra un autobús escolar y huir a pie. Poco después fue abatido por la policía neoyorquina con una herida de bala en el abdomen y trasladado a un hospital. La pauta es fácilmente reconocible: Niza, Berlín, Londres y Barcelona nos vienen pronto a la mente. Porque, efectivamente, hay una pauta. Como ya hemos señalado en diferentes artículos, la tríada de la violencia implica motivación, acceso al arma de elección y acceso a las víctimas, siendo el segundo y el tercer elemento clave para determinar el modus operandi del atacante.

La motivación en el caso del terrorismo jihadista resulta un elemento clave. La ideología marca los posibles objetivos a través del aparato propagandístico de organizaciones como el Estado Islámico y, especialmente al-Qaeda. Si bien es cierto que la primera es la que a todas luces resulta más mediática, no deja de ser igualmente cierto que ha bebido –e incluso podríamos decir que se ha apropiado- de las bases doctrinales de la segunda. De hecho fue al-Qaeda quien a través de autores como Abu Musab al-Sury en publicaciones como Inspire, estableció un catálogo de potenciales objetivos a atacar, pasando de un modelo de alta sofisticación en el planeamiento y la logística –como se venía observando en ataques como los de las embajadas de Nairobi y Dar al-Salam o, especialmente, las Torres Gemelas- a un modelo de ataques de baja sofisticación y escaso planeamiento que daban respuesta a un fenómeno de endurecimiento de objetivos tales como infraestructuras críticas o edificios administrativos. Así, se pasó de estos objetivos endurecidos por nuevas medidas de seguridad, a un amplio catálogo de objetivos blandos –aquellos lugares de afluencia multitudinaria, medidas de seguridad limitadas y escasa percepción de amenaza entre sus usuarios- que revestían mayores garantías de maximizar el número de víctimas y facilitaban el acceso a las mismas.

El modus operandi se adapta en este caso a las dificultades para ejecutar un ataque de alta sofisticación, para centrarse en lo que venimos denominando “terrorismo low-tech”, o de escasa o nula complejidad técnica. Como ya hemos mencionado, la misma tarde de Halloween, en la que previsiblemente las calles neoyorquinas estarían a rebosar de viandantes, Saipov se lanzaba sobre un carril bici con una furgoneta, para terminar chocando deliberadamente con un autobús escolar. Las necesidades técnicas del ataque conllevaban: a) acceso a armas, en este caso un medio de fortuna como un vehículo, b) capacidad del atacante para operar con el arma, en este caso disponer de permiso de conducir, y finalmente, c) la motivación de provocar un incidente con múltiples víctimas, con más impacto en el sentido mediático que en el sentido cuantitativo. No es baladí la selección de la fecha, una fiesta considerada pagana por los jihadistas, y que en la tradición estadounidense congrega a buena parte de la población en espacios abiertos. Por tanto, el hecho de que la táctica o modus operandi empleado tenga un bajo nivel de sofisticación, no implica que el ciclo de planeamiento se haya descuidado.

5 de noviembre en Sutherland Springs, Texas. La motivación del atacante se basaba en circunstancias personales, asociadas a problemas familiares. Pero, ¿cuál era su perfil? ¿Qué impacto tuvo éste en el ciclo de planeamiento, el objetivo y el modus operandi? Atendiendo al perfil, Kelley, expulsado de la Fuerza Aérea estadounidense, ya había dado muestras de su carácter violento e inestable al agredir a su esposa durante su servicio militar. El perfil agresor, posiblemente narcisista y vinculado a estética militar –en este caso no sólo estética, sino bagaje profesional-, así como la presencia de un ciclo de planeamiento en el que se escoge la iglesia de Sutherland Springs por un motivo concreto, añadiendo un componente de discriminación a lo indiscriminado del ataque, nos lleva a señalar el perfil del atacante como el de un pseudocomando. Los ataques pseudocomando se aproximan a la figura del lobo solitario salvo porque carecen de motivación política y el mensaje que buscan lanzar -de existir- se vincula exclusivamente a las circunstancias personales del propio individuo. En la selección de víctimas y pese a lo indiscriminado de los ataques, existe una discriminación de hecho, puesto que son rangos de personas conocidos para el atacante, por ejemplo la comunidad que acude a una iglesia entre cuyos miembros se encuentra su familia política, o sus compañeros de trabajo entre los cuales hay varios que no le prestan la atención o no le dan el reconocimiento que el pseudocomando considera que merece.

En este sentido, el conocimiento del entorno donde se va a llevar a cabo el ataque condiciona el modus operandi, donde se busca maximizar las víctimas dentro del rango establecido. Por ello, en países como Estados Unidos donde el acceso a armas de fuego está constitucionalmente reconocido, uno de los principales modus operandi son los tiradores activos, que, recordemos, se trata del incidente en que uno o más tiradores abren fuego de forma indiscriminada sobre una alta concentración de víctimas potenciales en un espacio delimitado -de una oficina a un campus universitario, barrio, etcétera- sin periodos de enfriamiento entre víctima y víctima[1], como sucedió en el caso de Texas, haciendo uso de armas semiautomáticas para incrementar el número de víctimas.

El propio espacio físico del ataque de Texas contribuía a todo lo anterior. Como objetivo blando, con escasas medidas de seguridad en el propio recinto y todavía menor percepción de amenaza por parte de sus usuarios -en este caso, los fieles-, congregados en el interior de un espacio cerrado y con una pauta recurrente de asistencia -las comunidades religiosas son relativamente estables en cuanto a sus miembros, y los horarios de culto son también estables y de dominio público, facilitó tanto el planeamiento del ataque como el incremento exponencial del número de víctimas.

En conclusión, en muchos casos el perfil del atacante no va a limitar el número de víctimas, pero sí puede condicionar la sofisticación, ciclo de planeamiento y modus operandi seleccionado, ofreciendo diversos mecanismos de prevención, que van desde diseños medioambientales que poco a poco van instalándose en nuestras ciudades a concienciación situacional de nuestros ciudadanos a la hora de detectar conductas sospechosas o técnicas de asistencia a heridos y control de hemorragias masivas. Aunque en los últimos tiempos este tema comience a resultar manido, no hay panaceas para la gestión de incidentes armados, sean de tipo terrorista o no, y las soluciones inevitablemente pasan por mecanismos integrados y multidisciplinares que van de la prevención como concienciación a la prevención con medidas de seguridad y endurecimiento de objetivos, a las nociones básicas y avanzadas, dependiendo de la capacitación profesional y medios de los respondientes en gestión de este tipo de incidentes, al post-incidente, en el intervalo de tiempo donde el número de víctimas se incrementa exponencialmente por falta de asistencia sanitaria en zona caliente. Buen ejemplo de ello es el caso del ataque sobre la mezquita de al-Radwa, en Sinai: en apenas unas horas el número de muertes pasó de la veintena a 305 víctimas mortales a causa de que, como parte del modus operandi, los atacantes bloquearon la ruta de evacuación y de acceso de las ambulancias. Los protocolos como run-hide-fight son extremadamente útiles, pero no suficientes si el resto del sistema continúa presentando fallos. Por ello, como profesionales y como ciudadanos, debemos continuar reclamando los enfoques integrados, multidisciplinares y que permitan alcanzar a diversos sectores de la población. Todos somos víctimas, todos somos parte de la cadena de prevención, y todos somos primeros intervinientes.

[1] Crevillén, D. (2016). “Asesinos en masa, Amok y lobos solitarios”, Revista Tactical Online, Diciembre de 2016, pp. 18-26.

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