Más vale prevenir que tener que reaccionar.

Semana 44

ISSN 2603 - 9931


Hace diez años contraté un taxi de confianza para visitar unos astilleros en Río de Janeiro. Era importante que el conductor conociera bien la zona que íbamos a visitar ya que en Niteroi los astilleros y los centros de tráfico de droga están calle con calle. Es uno de esos sitios que de vez en cuando protagoniza las noticias porque alguien ha muerto al confundir una calle o siguiendo las instrucciones del navegador.


Habíamos quedado temprano en el parking del hotel, nos presentamos y al meter mi mochila en el maletero vi una bolsa de plástico de la que asomaba un kimono azul. El día fue largo y Robson, que es como se llamaba el taxista, resultó ser un buen conversador. Ya a la vuelta surgió el tema de la violencia y ante la pregunta de si había sufrido alguna vez un robo, él respondió con un lacónico sim y no parecía muy dispuesto a continuar. Una de mis compañeras insistió y comenzó con un: Foi uma garotinha, lo que nos arrancó a todos una carcajada que no pareció molestarle, tras un pequeño silencio en el que negaba con la cabeza, siguió hablando del tirón y esto es lo que nos contó.


Estaba a punto de anochecer, aunque él estaba fresco, solo llevaba dos horas trabajando porque su turno era anormal para compatibilizar el trabajo con los estudios. Iba circulando por la ciudad cuando una chica muy joven llamó su atención desde la acera y le pidió que la llevara a casa, Robson dudó, el destino no era un buen lugar y faltaba poco para que oscureciera, le dijo que no y la chica se echó a llorar. Entre gimoteos se lamentaba de que nadie la llevaría a casa a estas horas, que se había entretenido y que ahora no sabía qué iba a ser de ella de noche sola en la ciudad. Robson se enterneció, pensó en sus hermanas y aceptó llevarla a casa.



Cuando llegó al destino Robson paró unos metros antes, definitivamente no le gustaba el lugar, la chica contaba monedas lentamente para pagar la carrera y Robson comenzó a inquietarse, estaba a punto de decirle que se olvidara del dinero y bajara del coche cuando un individuo subió al asiento de atrás empuñando un revolver. La chica sin decir una palabra se deslizó fuera del vehículo y se fue andando tranquilamente, mientras, otro hombre subió al asiento del acompañante y le pidió la recaudación. Robson se la dio de inmediato y recibió el primer golpe.



Le dijeron que querían todo el dinero, Robson trató de explicarles que eso era todo, que solo llevaba dos horas trabajando, pero ellos no le creyeron. El cambio de turno se hace al anochecer y los atracadores escogen el periodo previo a los cambios para hacerse con la recaudación de un turno completo. Le obligaron a conducir hasta un claro y ahí mientras uno le apuntaba con el revolver el otro registraba el vehículo. Conforme aumentaba la frustración fue aumentando la violencia, hasta que uno de ellos cogió una barra de acero que Robson llevaba en el maletero y comenzó a golpearle con ella mientras amenazaba con matarle si no les decía dónde escondía el dinero.


Después de recibir un buen número de golpes, el que parecía dirigir el asalto le agarró la cabeza por el pelo y le introdujo el cañón del revolver en la boca, le hacía mucho daño y Robson creyó que iba a morir en ese mismo instante, cerró los ojos y comenzó a rezar esperando la explosión en su boca. De repente notó una fuerte patada en el costado y perdió el conocimiento. No sabe cuánto tiempo estuvo inconsciente, probablemente poco, cuando despertó los dos individuos estaban apoyados en el coche fumando, él aprovechó el despiste, se puso de pie de un salto, corrió con todas sus fuerzas y se lanzó por un terraplén abajo, siguió corriendo hasta encontrar ayuda. Necesitó tres meses y varias operaciones para recuperarse, pero según él todo salió bien.
El relato nos borró la sonrisa, yo recordé el kimono y le pregunté si había comenzado con las artes marciales a raíz del asalto, para mi sorpresa me respondió que no, que en aquel momento ya era maestro de Taekwondo. Algo confuso le pregunté por qué no respondió, podía haber controlado a los dos individuos sin gran dificultad, y en lugar de eso asumió un castigo corporal severo e incluso la muerte.


Su respuesta fue que de haber respondido se hubiera iniciado una espiral de violencia, los delincuentes o sus compinches se habrían vengado y entonces Robson no podría controlar los daños. La certeza de que su familia se vería afectada si él respondía hacía que la posibilidad de morir fuera una buena opción sabiendo que todo quedaría allí.


Utilizó sus conocimientos para recibir los golpes y evitar fracturas, aunque algunas fueron inevitables, y también los usó para aprovechar la oportunidad de huir cuando se presentó. Se alegraba de que la barra de hierro fuera hexagonal, dijo que de haber sido redonda todo hubiera sido mucho peor.


Y hasta aquí la lección para expatriados que nos dio Robson. Los europeos, acostumbrados a vivir en ambientes pacificados, confundimos fácilmente las medidas preventivas con las reactivas y aunque ambas son necesarias, y las reactivas muy tentadoras, la clave de nuestra seguridad está en la prevención aunque requiera de sacrificios y parezca que le cedemos terreno a los malos.

 

 

 

Jesús Belenguer dirige el equipo que diseñó el Protocolo Mercurio que es el sistema de gestión de la seguridad personal de trabajadores desplazados a países lejanos más implementado en las empresas españolas. Comparte sus ideas en Medium desde abril de 2015.

 

Artículo publicado el 6 de noviembre de 2019 en Medium
 

Please reload

Entradas destacadas

Consejos para viajeros frecuentes.

October 20, 2019

1/10
Please reload

Entradas recientes