Incidentes de Tirador Activo: Nuevamente la peor pesadilla

Year 2 - Week 48

ISSN 2603 - 9931

 

Aunque un mes más tarde todavía haya multitud de detalles por esclarecer, que solo podrán ser hechos públicos una vez que la investigación policial haya concluido, el hecho es que Stephen Paddock ha ganado el dudoso premio de perpetrar el incidente de tirador activo más letal de la historia de los Estados Unidos, incluso por delante de Omar Mateen, el terrorista y tirador activo que atacó el Club Pulse en Orlando el pasado junio de 2016. El ataque en Las Vegas, que tuvo lugar por la noche del domingo 1 de octubre, dejó un saldo de 58 muertos y más de 200 heridos. Las cifras podrían haber sido mucho peores, habida cuenta de que el objetivo era un festival de música country con en torno a 22.000 asistentes.

 

Algunas de las preguntas que permanecen sin respuesta están conectadas a la propia naturaleza del ataque. ¿Se trató de un acto terrorista? ¿O simplemente fue un asesinato en masa más sofisticado que los habituales? Desde el primer momento podríamos excluir problemas mentales como puede ser la manifestación del síndrome de amok, debido a dicha sofisticación y al elevado grado de planeamiento mostrado en el ataque. Ello nos deja abiertas dos opciones: la primera, que se trate de un ataque de un lobo solitario no-terrorista, y la segunda que se trate del ataque de un lobo solitario terrorista. En este sentido no deberíamos fijarnos tanto en el perfil psicológico como en la motivación. Un ataque terrorista viene determinado por la presencia de una motivación política que actúa como respuesta contra un Estado que se considera opresor, la expansión de la Ummah como entidad político-religiosa, la lucha contra un poder ocupante, o la política migratoria de un gobierno dado, entre otras razones o justificaciones. Ni tan siquiera es necesario que dicha motivación sea real, pero es el elemento cohesionador del grupo o movimiento terrorista. El aspecto de la motivación es uno de los que a día de hoy permanece indeterminado en el caso de Stephen Paddock. Pese a que a lo largo del lunes 2 de octubre el Estado Islámico reclamó la autoría del ataque y al atacante como uno de sus soldados, en este caso tras una rápida conversión, aparentemente nada en los primeros momentos de la investigación del FBI parece confirmar esta teoría. Sea como fuere, el Estado Islámico publicó pocas horas después a través de Amaq, su agencia de noticias, un segundo comunicado, señalando que Stephen Paddock se había convertido al Islam meses antes del ataque; este hecho, sin embargo, pareció pasar desapercibido para sus familiares y conocidos. Por ello, hasta el momento también permanece por determinar el perfil del atacante.

 

En cualquier caso, todo ataque intencionado es llevado a cabo por un perpetrador con un propósito en mente, político o no. Puede buscar provocar víctimas o simplemente dañar algún elemento presente en un entorno en particular. Pero siempre conlleva el uso de la fuerza bruta o de medios violentos para herir o provocar daños sobre las víctimas u objetivos potenciales. Esta estructura está presente en todo incidente armado, desde un robo a un ataque terrorista[1]. Si nos centramos en el ataque, éste podría ser dividido en dos elementos: el modus operandi y el objetivo. El modus operandi del ataque de Las Vegas podría ser definido como un incidente de francotirador como tirador activo: disparando desde una posición elevada sobre un área definida y altamente concurrida de modo indiscriminado, por lo que nos deberíamos referir a fuego de francotirador en base a la posición, y no en cuanto a la precisión de los disparos durante el ataque. El ataque de Las Vegas presenta diversas similitudes con el del conocido como “Francotirador de Nueva Orleans”, Mark Essex, quien en 1973 disparó a siete policías e hirió a otros trece desde la planta 18 del hotel Howard Johnson; sin embargo, en este caso el tirador eligió cuidadosamente a víctimas blancas, puesto que la motivación de su escalada de violencia y asesinato masivo estaba vinculada al cuadro de discriminación racial que Essex sufrió como soldado en la Armada estadounidense. En ambos casos, sin embargo, la posición elevada de los tiradores desde el interior de sendos hoteles dificultó la neutralización de la amenaza, puesto que primeramente los primeros respondientes policiales hubieron de limpiar los pisos inferiores antes de localizar la posición exacta de los tiradores. En el caso de Las Vegas, la policía tardó menos de dos horas en controlar dichos pisos inferiores y acceder a la habitación de Paddock, quien para ese momento se había suicidado, utilizando su propia muerte como vía de escape. En cualquier caso, tanto en Nueva Orleans como en Las Vegas la altura desde la que se efectuaron los disparos proporcionó a los atacantes la ventaja táctica sobre las víctimas y les permitió ganar tiempo, aumentando el intervalo de respuesta por parte de las fuerzas policiales.

 

Objetivos blandos y víctimas.

Los objetivos blandos se definen como espacios de carácter público –civil- dedicados a actividades no relacionadas con la administración pública o actividades laborales, y cuya propiedad o gestión es con frecuencia privada. Así, implican actividades tales como ocio, compras, estudio, rezo o recibir tratamiento médico. Los objetivos blandos son habitualmente lugares donde se presta algún tipo de servicio y, especialmente, donde los usuarios se sienten seguros durante la realización de la actividad para la que han acudido a dicho lugar. En este sentido, es frecuente que propietarios o gerentes primen la prestación eficaz de dicho servicio y en hacer la estancia agradable para sus usuarios sobre el incremento de medidas de seguridad más robustas que podrían reducir los niveles de confort del público. Por otra parte, la percepción de amenaza en los denominados objetivos blandos por parte de sus usuarios tiende a ser baja, puesto que la concentración y concienciación situacional se centra en la actividad que se está llevando a cabo. Ambos elementos, bajas medidas de seguridad y bajo nivel de percepción de amenaza son ingredientes que contribuyen a comprender por qué los objetivos blandos se han convertido en objetivo recurrente de atacantes terroristas y no terroristas: en general, los objetivos blandos son más vulnerables.

 

Aplicando esta definición, probablemente éste sea el caso del festival de música country Route 91 Harvest que se celebraba en Las Vegas durante todo el fin de semana. La noche del domingo 1 de octubre había congregadas alrededor de 22.000 personas en uno de los últimos conciertos del festival. Éste se celebraba en una amplia área al aire libre rodeada de rascacielos de hoteles que ofrecían a sus huéspedes de las plantas superiores una vista diáfana tanto del nivel suelo de la zona de casinos de Las Vegas como del propio festival. Y ello incluía a las víctimas potenciales. Si a esta ecuación situacional le añadimos un ciclo de planeamiento del ataque cuidadosamente implementado, obtenemos como resultado el elevado número de muertos y heridos. El ataque de Las Vegas es un claro ejemplo de utilización del entorno, tanto hoteles como concierto, como ventaja táctica del atacante.

 

Con una motivación todavía desconocida, Stephen Paddock eligió a propósito una habitación en uno de los pisos superiores en el hotel Mandalay, pidiendo específicamente una suite con vistas a los conciertos. A partir de ahí, comenzó a introducir inadvertidamente para el servicio de seguridad del hotel al menos 27 armas de fuego en su habitación, algunas de ellas modificadas con dispositivos “stock-bump” para convertirlas en automáticas. El ataque se llevó a cabo con varias de estas armas; al acceder a la habitación de Paddock la policía de Las Vegas encontró dos rifles con miras telescópicas montados sobre sendos trípodes frente a los dos ventanales de la suite, que habían sido previamente abiertos rompiendo los cristales con un elemento contundente como un martillo. Un rifle de asalto tipo AR-15 fue hallado también en la habitación, el mismo tipo de arma empleada en otros incidentes armados de gran repercusión mediática como el de los francotiradores de Washington[2]. Igualmente, la selección de armas nos lleva a pensar en un ataque minuciosamente planeado que buscaba deliberadamente producir víctimas múltiples, en base al número de balas disparadas por minuto por las armas modificadas en modo automático y a la ubicación abierta y desprotegida de las víctimas potenciales.

 

Las víctimas, concentradas en la explanada del concierto, comenzaron a recibir al menos tres ráfagas de fuego desde una posición desconocida, añadiendo a la situación de pánico por estar siendo disparados la incertidumbre de huir en una dirección indeterminada, puesto que se desconocía el origen de la amenaza. Un efecto colateral de los disparos fueron las aglomeraciones y estampidas, que inevitablemente incrementaron el número de heridos.

 

Prevención y gestión.

Tras el 11-S, numerosos recintos han reforzado y mejorado sus sistemas de seguridad, añadiendo círculos concéntricos de seguridad física, cámaras o agentes. Pero el efecto de endurecimiento de los objetivos todavía dista de ser completo, especialmente en el contexto de objetivos blandos abiertos donde la protección del espacio físico es casi como ponerle puertas al campo, y donde la implantación de medidas reforzadas puede implicar perturbar el normal desarrollo de una actividad determinada por parte de los usuarios, desde participar en un servicio de oración a pasear con los niños de la familia por un parque un domingo por la mañana. Por tanto, uno de los principales retos es la concienciación de que seguridad no implica reducción de libertades, sino protección de las mismas, y que en muchos casos la mera visibilidad de estas medidas no solo no interfiere en las actividades, sino que resulta disuasoria para potenciales atacantes.

 

Los factores humanos son, pues, de vital importancia en un contexto donde los detectores de metales y los controles de equipajes no están disponibles o al menos no son deseables. La detección de un individuo acumulando un arsenal de armas automáticas en un hotel debería haberse basado en este factor humano de atención y detección. Pero para desarrollar estas capacidades el entrenamiento es un condicionante obligatorio e ineludible, no solo para el personal de seguridad, sino para todos los miembros de la organización. Desgraciadamente ocurre con frecuencia que la seguridad sea reactiva y que esté vinculada a la voluntad de propietarios y gerentes para invertir en la protección y seguridad de sus clientes y usuarios. Ello incluye la voluntad de invertir en formación.

 

Respecto a la gestión del incidente, el intervalo de  respuesta o tiempo transcurrido desde que se inicia el incidente hasta que los primeros respondientes –policía y servicios de emergencias- llegan al lugar del ataque apenas alcanzó los once minutos; sin embargo, desde que los primeros policías llegaron al hotel hasta que se pudo acceder a la suite de la planta 32 del hotel Mandalay había transcurrido casi una hora y media, un incremento del tiempo de respuesta sin duda vinculado a las especificidades del edificio: un edificio elevado, con múltiples plantas y multitud de huéspedes que asegurar. El tiroteo, por otra parte, duró menos de once minutos, pero el edificio no se consideró libre de amenaza hasta que no se descubrió el cuerpo sin vida de Stephen Paddock en el interior de su habitación[3].

 

Al nivel de calle una tragedia diferente estaba teniendo lugar en paralelo, primero porque la amenaza no había sido oficialmente neutralizada, y segundo debido al elevado número de asistentes al concierto y al también elevado número de víctimas entre muertos y heridos. Triajes y toma de decisiones en tiempo real acerca de qué heridos de gravedad debían ser evacuados en primer lugar se convierten en un problema recurrente en los incidentes con múltiples víctimas. Y nuevamente, una carencia: el rol extremadamente marginal de los civiles en la asistencia primaria a los heridos. Durante el intervalo de respuesta, esos momentos previos a la llegada de los servicios médicos de emergencias, el papel asistencial debe recaer, en condiciones de seguridad, sobre los hombros de los propios ciudadanos. Pero para poder desempeñar esta función de interviniente inmediato el entrenamiento y la formación vuelven a ser necesarios y obligatorios. Y en este sentido ya no es exclusivamente una cuestión de propietarios y gestores, sino una obligación moral de la administración pública, el proveer a los ciudadanos de la capacidad de proteger su integridad física por ellos mismos en caso de necesidad.

 

Pero en las postrimerías del peor tiroteo masivo de la historia de los Estados Unidos no es momento para críticas, sino para llorar a las víctimas y apoyar a sus familias. Es momento para aprender una vez más de nuestros fallos, comprometernos con nuevas estrategias para mejorar la prevención y el planeamiento en la gestión de incidentes de estas características infrecuentes pero devastadoras, para crear una sociedad más segura para todos. Porque en última instancia, la seguridad es nuestra responsabilidad como ciudadanos.

 

 

 

 

[1] Elementos de la “Trinidad de la violencia”, concepto acuñaro por Louis Klarevas. Klarevas, L. (2016), Rampage Nation. Securing America from Mass Shootings, Prometheus Books, New York. Pp. 27-29.

 

[2] En el caso de los francotiradores de Washington se empleó la versión civil del rifle AR-15, Bushmaster XM-15.

 

[3] Miércoles 4 de octubre, LVMPD rueda de prensa. https://www.youtube.com/watch?v=oSnu1HdXZ7k

 

Publicado en la revista Tactical Online, noviembre 2017

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