Monopatines, primeros intervinientes y dejar de llorar.

Year 2 - Week 24

 

Hay artículos que son especialmente complicados de realizar y análisis que a ningún profesional de la seguridad le gustaría tener que hacer. El pasado 3 de junio, mientras media España se paraba viendo cómo el Real Madrid ganaba la duodécima Champions League, un comando de tres terroristas perpetraba en otra ciudad europea, que seguramente también estaba embebida viendo el desenlace. Londres sufría en menos de un mes su segundo atentado. Ríos de tinta han corrido sobre el mismo, en este mismo blog ya le dedicamos una entrada, pero en apenas 48 horas Londres se convirtió en algo casi personal. Primero la noticia de un ciudadano español que tras el atentado se hallaba en paradero desconocido, después se supo que el joven regresaba con unos amigos de un parque cercano de pasar la tarde de sábado con su monopatín y su bici, se vieron envueltos en el ataque, y en la huida se dispersaron. Más tarde se supo que el chico del monopatín se interpuso entre uno de los terroristas y una de las víctimas y, golpeando con el monopatín al agresor, posibilitó la huida de la víctima. En ese momento se le perdió a pista. Un periplo para una familia y para el propio Ministerio de Exteriores español intentando conocer el paradero de un hombre que se ha convertido en un héroe español.

 

Muchas son las cosas que podríamos analizar de esta actuación, pero nos vamos a centrar en tres conceptos: “stop the crying”, armas de fortuna y concienciación ciudadana que se han entrecruzado para dar como resultado a un individuo que con su sola actuación logró minimizar el número de víctimas. En otras palabras, un primer respondiente ante un incidente activo. Porque, recordemos, de acuerdo con la definición con la que venimos trabajando desde hace meses en este mismo blog, un incidente activo es aquél en el que el atacante busca causar el mayor número posible de víctimas, mientras que son los primeros intervinientes –las propias víctimas potenciales- las que tienen un rol determinante y activo en la minimización del número de bajas y la gestión del incidente hasta que primeros respondientes –Cuerpos de Seguridad y servicios de emergencia- llegan al lugar de los hechos.

 

El principal protocolo de actuación ante incidentes activos se basa en las nociones de run-hide-fight, o lo que es lo mismo, primero huir y tratar de evacuar el lugar del incidente; segundo, si la evacuación no es posible, tratar de esconderse en un lugar seguro, y tercero, en caso de peligro inminente para la propia vida, luchar. Este protocolo, acuñado por el Departamento de Seguridad Nacional estadounidense, fue puesto en marcha por la policía londinense la noche del atentado del puente de Londres, en una variante en la que la lucha se sustituye por “tell” (denuncia, notifica a las autoridades la existencia de un incidente). Otros protocolos que cada vez cobran más fuerza apuntan hacia una implementación no secuencial del primero, donde se contemple esconderse si es más ventajoso que huir, aunque esto sea posible, o donde la prioridad sea desbloquear la situación de shock de otras víctimas potenciales para posibilitar que puedan evacuar la zona (Stop the crying). Es sencillo reconocer en la acción de Ignacio Echeverría precisamente la ausencia de esta secuencia: frente a poder huir, decidió luchar, y sobre todo, rompió la situación de bloqueo, y con su acción posibilitó la huida de otras víctimas. Fue la gestión que una víctima potencial del ataque armado realizó sobre el mismo la que mitigó el número de bajas, si bien le costó la vida.

 

En segundo lugar, las armas o medios de fortuna. Tanto el propio ataque como la defensa llevada a cabo por Ignacio Echeverría estuvieron vinculados a medios de fortuna. Recordemos que éstos son utensilios u objetos que pueden ser utilizados como armas, aun cuando su uso principal no sea eso. En este sentido, es el caso de una furgoneta, un cuchillo de cocina y un monopatín. Como también hemos comentado en numerosas ocasiones, el atentado terrorista, incluso en su menor grado de sofisticación, recorre un ciclo de planeamiento en el que la selección de armas viene determinada por el acceso a las mismas y, en segundo lugar, la letalidad y el impacto mediático que se busque. Resulta obvio que entre un cuchillo y un AK-47 en términos de letalidad se optaría por el primero, pero de hallarse bloqueada esta opción el planeamiento logístico lleva a seleccionar un elemento tan cotidiano pero con unos efectos tan potencialmente devastadores como una furgoneta, a la que se unieron, como forma de maximización del número de bajas, el uso de cuchillos de cocina de una conocida cadena de supermercados. Sin embargo, la idea de “fight” o luchar establecida en el protocolo de respuesta se asocia precisamente a la situación previa de indefensión de la víctima potencial, que debe buscar un medio de autoprotección y oposición al atacante. En el caso de Ignacio Echeverría, su medio de fortuna fue un monopatín que, si bien no logró neutralizar o desarmar a los atacantes, superiores en número, sí permitió ganar el tiempo suficiente para que otras víctimas potenciales pudieran huir. El uso de un medio de fortuna mitigó el número de bajas, si bien le costó la vida.

 

Finalmente, la concienciación ciudadana. El fenómeno del terrorismo es otro fenómeno social que lleva aparejadas una serie de connotaciones que hacen que sea reconocible de otro tipo de acciones. Cognitivamente diferenciamos un robo de una agresión de género, y ésta de un ataque terrorista. Posiblemente Ignacio Echeverría, español, pero como muchos británicos, contaban con un poso de conocimiento acerca de lo que son los asesinatos, el pistolerismo y los coches bomba. El IRA o ETA han dado paso al jihadismo global y de los anteriores modus operandi hemos pasado al terrorismo “low-tech” de los medios de fortuna y el gran impacto mediático. Los seres humanos aprendemos, entre otros canales, por experiencias, vividas, contadas o aprendidas, y ello nos aporta datos sobre cómo actuar. Sea por las lecciones aprendidas en su país natal –España-, sea por el bombardeo recurrente de noticias, el hecho subyacente es que un ciudadano de a pie, sin contar seguramente con formación específica en gestión de incidentes armados, respondió a un ataque armado por mera concienciación y responsabilidad cívica. Logró minimizar el número de víctimas, si bien ello le costó la vida.

 

La concienciación ciudadana, la formación, la interiorización de pautas y procedimientos de respuesta son una clave en la gestión de incidentes armados. La capacidad de reacción superando el estado inicial de bloqueo y la utilización de aquello que se tenga al alcance de la mano para defenderse puede ser a diferencia entre la vida y la muerte, entre sumar víctimas y ampliar el éxito del ataque o restarlas y limitarlo.

 

En esta historia que hoy contamos el protagonista muere para que otras víctimas vivan. Más allá de protocolos, más allá de formación o más allá de lo que se supone que debe ser un primer interviniente, Ignacio Echeverría ha muerto como un héroe. Y por ello, y por su acción, le queremos rendir este humilde pero sentido homenaje.

 

 

 

 

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