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Afganistán: de la nueva contrainsurgencia a la retirada.


Autor: Beatriz Gutiérrez , Phd/APP

Year 5 - Week 11 ISSN 2603 - 9931

El 11 de septiembre de 2001 marcó, con total probabilidad, una de esas fechas que los historiadores consideramos que señalan el fin de una era, quizás como la caída de Constantinopla o la Revolución Francesa. A corto y medio plazo, el 11-S dio inicio a la hasta ahora intervención exterior de mayor duración del ejército estadounidense primero, y la OTAN después, que ha traído consigo cambios y revisiones doctrinales, y planteado nuevas problemáticas ante la sociedad internacional. Tras 18 años, la guerra de Afganistán ha visto cómo Estados Unidos suscribía su potencial retirada de Afganistán, en un acuerdo con los taliban a los que lleva combatiendo casi dos décadas.


Los talibán, un grupo salafista con conexiones con la red de madrasas pakistaníes, tomó el control de Afganistán en 1996, expandiendo su control a todo el país en apenas dos años, con un modelo de gobierno teocrático y radical, fundamentado en la estricta aplicación de la sharía o ley islámica. Estos años de terror asistieron también al retorno de Osama bin Laden y al-Qaida Central -el núcleo duro organizativo del grupo- a Afganistán desde Sudán, auspiciados por el propio gobierno talibán hacia quienes habían combatido en la liberación del territorio frente a la ocupación soviética. Así, entre 1996 y el 11S, Afganistán se convirtió no solo en una zona depauperada, sino en un santuario terrorista para la jihad global, desde donde se lanzaron ataques de la letalidad e impacto de las embajadas de Nairobi y Dar es-Salam, el USS Cole o el propio 11S.


La intervención y el nuevo modelo COIN. Fue el propio 11S el que precipitó los acontecimientos en forma de intervención estadounidense, apelando al artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas y al principio de Legítima Defensa, contra el régimen talibán y, especialmente, las bases de al-Qaida que éste amparaba en su territorio. La inicial coalición internacional pronto se integró bajo el paraguas de OTAN en la International Security Assistance Force, que permaneció operativa hasta 2015, para refundirse en la operación con un enfoque más marcado de Reforma del Sector Seguridad, Resolute Support Mission. ISAF ha significado mucho más que una operación de implementación de la paz -Peace Enforcement Operation-, ha significado, junto con la guerra de Iraq, el detonante de la revisión de la doctrina contrainsurgente imperante, anquilosada desde tiempos de la guerra de Vietnam, que debía ser readaptada a las nuevas características de la sociedad internacional y a, como David Kilcullen[1], otro de los padres de esta revisión definen, la insurgencia global que el jihadismo islámico constituye, y uno de cuyos núcleos locales era precisamente el régimen afgano de los talibán.


ISAF y la lucha contra la insurgencia afgana, formada tanto por los taliban como por sus aliados foráneos de al-Qaeda, introdujeron aspectos como el Comprehensive Approach y nuevos mecanismos de cooperación entre las operaciones CIMIC o Civiles-Militares y COIN o contrainsurgentes, a través de estructuras como los Provincial Reconstruction Teams. El Comprehensive Approach, inserto en la necesidad de revisar los patrones contrainsurgentes, busca integrar a un mayor número de intervinientes internacionales y locales, para complementar las acciones militares y de consolidación de la seguridad con aspectos de desarrollo socioeconómico y político[2]; los PRTs, como ejemplo de esta doctrina, se establecieron a nivel provincial y de distrito en todo Afganistán, con el propósito de contribuir a la expansión de la autoridad del gobierno afgano por todo el territorio, mediante el desarrollo de acciones tales como desarrollo político -observación electoral-, educativas -acondicionamiento de escuelas-, sanitarias -formación médica-, desarrollo de estándares respecto a derechos humanos, desarrollo económico -construcción de infraestructuras e infraestructuras críticas, bancarias, agrarias, etc.- y, especialmente, de reforma del sector seguridad, con entrenamiento a las fuerzas armadas y policiales, y desarrollo del sector judicial[3]. La mayoría de los PRT fueron desactivados en 2013, antes de dar paso a la operación RSM, que ha continuado con el proceso de reforma del sector seguridad.


El tráfico de drogas. Pese a que el Islam, y especialmente sus versiones rigoristas como la talibán, prohíben taxativamente el consumo de drogas, el cultivo de la amapola es una fuente de ingresos tradicional en Afganistán, utilizada para la extracción de sustancias opiáceas (opio, heroína y morfina). A nivel mundial, Afganistán representa el 90% de la producción, y buena parte de los ingresos derivados alimentan tanto la corrupción política endémica en el país, como a los propios talibán, al-Qaida o su escisión del Estado Islámico. En el caso de los talibán, pese a que el cultivo de amapolas está penado en Afganistán, proporcionan seguridad a los cultivadores en las áreas bajo su control, y cobran un impuesto de hasta el 20% en la comercialización de la droga, que en muchos casos ya también se procesa en el mismo territorio, incrementando los márgenes de beneficio[4]. Sin embargo, la fuente de ingresos que el opio supone constituye un refuerzo continuado a las capacidades de los talibán, que a la vez contribuye a mantener sus redes sociales de apoyo.


El Estado Islámico. Otro de los elementos que ha incrementado los niveles de tensión en Afganistán en los últimos años fue la expansión del Estado Islámico con la formación de la Wilayat Khorasan en 2015, constituyendo un problema de seguridad añadido para la fuerza internacional, pero también para la legitimidad ante sus propias bases sociales de los taliban, al representar una fuerza todavía más radical en la lucha contra Occidente. El Estado Islámico en Afganistán ha presentado las mayores cifras de letalidad en los últimos cinco años, hasta su eliminación de facto -y por el momento-, en operaciones aliadas y afganas, de un lado, y talibán de otro[5].


El acuerdo. El acuerdo entre Estados Unidos y los taliban el pasado 29 de febrero, de no descarrilar, puede conducir al repliegue de tropas estadounidense presentes en Afganistán desde finales de 2001. Uno de los principales compromisos por parte talibán es que no garantizarán que Afganistán no volverá a convertirse en un santuario terrorista desde donde grupos como al-Qaida lleven a cabo ataques contra países occidentales, y sienta las bases para ulteriores negociaciones entre los talibán y el gobierno afgano y otros actores de la sociedad civil en un marco de alto el fuego permanente. De cumplirse estas condiciones, Estados Unidos comenzaría el repliegue en catorce meses. El acuerdo contempla también el intercambio de prisioneros por ambos partes y la negociación ante Naciones Unidas del levantamiento de sanciones a los talibán. Otros escollos a salvar son que tanto los rivales políticos Ashraf al-Ghani -presidente del gobierno-, y Abdullah Abdullah -Primer Ministro-, decidan qué otras partes van a negociar con los talibán, y alcanzar un segundo acuerdo que permita mantener el alto el fuego y garantizar la futura gobernabilidad del país una vez efectuado el repliegue[6].


Podemos concluir -tentativamente- que el conflicto afgano aún no ha concluido y que su fin depende de la concatenación de una serie de variables que, de producirse pondría un punto final a la última guerra de Afganistán. Sin embargo, ni el propio acuerdo garantiza su auto-cumplimiento, ni las propias dinámicas afganas garantizan plenamente la estabilidad continuada del país de producirse una retirada efectiva de tropas internacionales. La continuación de formas de reforma del sector seguridad que refuercen las capacidades gubernamentales frente a la emergencia de nuevos actores no estatales armados con capacidad para retar el poder legítimamente establecido son una de las claves, así como la protección de los canales de desarrollo económico y civil como vías de contrapeso a posibles insurgencias. Todo ello puede ser logrado a través del acuerdo, pero otros mecanismos de prevención frente a su fracaso deberían ser también tenidos en cuenta.


[1]KILCULLEN, David (2011), Accidental guerrilla. Oxford University Press. [2] CCOE (2012) CIMIC Field Handbook, fourth edition. En https://www.cimic-coe.org/wp-content/uploads/2014/06/CFHB-4-0-CONTENT-1-5-E-Book-2.pdf [3]CALL (2011), Afghanistan Handbook: Provincial Reconstruction Teams. Observations, insights and lessons. http://cgsc.contentdm.oclc.org/utils/getdownloaditem/collection/p15040coll4/id/31/filename/32.pdf/mapsto/pdf/type/singleitem [4] Rowlatt, J. (2019), How the US military’s opium war in Afghanistan was lost, BBC, 25 de abril de 2019, en https://www.bbc.com/news/world-us-canada-47861444 [5] George, S., O’Grady, S., Hassan, S. (2020) Afghanistan claims the Islamic State was “obliterated”. But fighters who got away could stage a resurgence. The Washington Post, 9 de febrero de 2020, en https://www.washingtonpost.com/world/2020/02/09/afghanistan-claims-islamic-state-was-obliterated-fighters-who-got-away-could-stage-resurgence/?arc404=true [6] Reuters (2020), Factbox: Details of the deal signed between the United States and Afghanistan. 29 de febrero de 2020, en https://www.reuters.com/article/us-usa-afghanistan-taliban-details-factb/factbox-details-of-the-deal-signed-between-the-united-states-and-the-taliban-idUSKBN20N0OS?feedType=RSS&feedName=worldNews

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