• Beatriz Gutierrez

Bogotá y Londonderry: Mecanismos de supervivencia terrorista.

Actualizado: oct 11


Year 4 - Week 4

ISSN 2603 - 9931

La semana del 15 de enero destacó de forma sangrienta por el atentado sucedido en Bogotá en la Escuela de Cadetes de la Policía de Colombia, con veinte víctimas mortales y una sesenta y ocho heridos, más el atacante. El ataque se atribuyó al ELN, si bien sus mandos, inmersos en el mismo proceso de paz que primero llevó el año pasado a la transformación de las FARC en un partico político, trataron de desvincularse del ataque. El ataque, llevado a cabo con una furgoneta-bomba cargada con ochenta kilos de pentolita, un potente explosivo de uso tanto militar como civil, supuestamente importado de Colombia, ha puesto fin a la mesa de diálogo entre el gobierno colombiano de Iván Duque y los líderes guerrilleros desplazados en Cuba para la negociación.

Londonderry. Paralelamente a lo sucedido en Bogotá, un hombre joven aparcaba un vehículo en las inmediaciones de un juzgado en Londonderry, Irlanda del Norte, y se daba a la fuga. El vehículo pasó inadvertido hasta que varias horas más tarde, explotó, en esta ocasión y por suerte, sin provocar víctimas mortales. El ataque ha sido atribuido por la policía norirlandesa al Nuevo IRA, escisión del grupo terrorista IRA, que comenzó a operar en 2012 como resultado de la unificación de grupúsculos menores escindidos tras la adhesión del IRA a los Acuerdos de Viernes Santo en 1998.

El proceso de desvinculación de un grupo terrorista de la actividad violenta difiere en buena medida del que se produce a nivel individual. Mientras éste se basa en cambios en el contexto y circunstancias individuales, en aquél priman las variables políticas sobres las personales. Ross y Gurr aplican la teoría de desmovilización en conflictos de Mack para analizar las causas de defección y desactivación de un grupo terrorista. Distinguiendo entre capacidades políticas y militares, afirman que la debilidad militar se puede compensar con mayor capacidad política. Del mismo modo, la pérdida de capacidades coercitivas, políticas o de ambas, puede producirse a nivel interno o a nivel de ecosistema de conflicto, obteniendo los autores cuatro condiciones que pueden contribuir al cese de la actividad terrorista, y que se resumen en la siguiente tabla[1]:

Donde la disuasión – restar interés al uso de la violencia a través de leyes y mecanismos punitivos que eleven los costes sobre los beneficios de llevar a cabo un ataque armado- y la prevención –endurecimiento de objetivos y encarcelamiento o muerte de los terroristas- reducen las capacidades del grupo terrorista para ejercer la violencia, mientras que la reacción –reducción de los apoyos a la causa terrorista, bien por los errores cometidos por el grupo o bien por los éxitos policiales, que limitan el acceso de los miembros del grupo a información y apoyo logístico- y el desgaste –declive en el grado de cohesión interna del grupo, por problemas de liderazgo, competencia ideológica con otros grupos o fatiga ideológica- reducen el poder político.

Martha Crensaw señala, no obstante, que el fin de un grupo terrorista no implica necesariamente el fin del terrorismo, sino que algunos miembros de dicho grupo pueden continuar la actividad armada o vincularse a otros grupos presentes en el espectro ideológico. Del mismo modo, ofrece tres principales razones para abandonar la lucha armada: que la organización haya cumplido con su propósito, que los costes de la actividad armada superen los beneficios –económicos, sociales o políticos- o que aparezcan nuevas opciones[2].

Siguiendo este razonamiento, podemos aplicar una lógica inversa. ¿Qué sucede cuando parte del grupo considera que el propósito no se ha alcanzado, que los beneficios todavía superan los costes o que continúa sin existir una alternativa a la vía armada? Las escisiones aparecen entonces como mecanismo doble de negación al fin de la violencia y de supervivencia del modelo oposicional a un poder establecido.

Otro de los autores clásicos en los estudios sobre terrorismo, David Rapoport, señala que la vida media de un grupo terrorista es coincidente con una generación, debido a su vez a la coincidencia generacional con las generaciones ideológicas: las variables que constituyen motivaciones ideológicas o preocupaciones políticas en una generación pierden fuerza y son sustituidas por otras en la generación siguiente. En otras palabras, nuestras preocupaciones no son las mismas que las de nuestros padres ni las mismas que las de nuestros hijos. Y sin embargo, el análisis empírico muestra que determinados grupos han revisado su marco ideológico para readaptarlo al cambio generacional y garantizar la legitimidad de su discurso, previniendo tanto el desgaste como la reacción ante posibles errores en la selección de objetivos, etcétera. Tres casos claros son ETA, el IRA y el palestino al-Fatah, secular, con la creación de las Brigadas de los Mártires de al-Aqsa durante la II Intifada. De este modo, la continuidad ideológica garantiza la estabilidad interna y permite, en lo externo, continuar operando, al establecer mecanismos racionalizados –no necesariamente racionales, sino construidos en base a una ideología radicalizada- que justifiquen la acción armada aun en condiciones desfavorables en términos operativos y/o económicos.

Analizando desde esta óptica los ataques del ELN y del Nuevo IRA en Bogotá y Londonderry, algunos elementos son especialmente destacables. En el caso del ELN, el presidente Juan Manuel Santos logró sentar al grupo en la mesa de negociaciones tras lograr el desarme y conversión en partido político de las FARC. Dichas negociaciones, con sede en Cuba, quedaron en standby en agosto de 2018 con la toma de posesión del nuevo presidente, Iván Duque, quien ha mantenido que las concesiones al grupo terrorista habían sido excesivas y que solo la liberación de los rehenes en su poder y renuncia a la violencia serían pasos aceptables para proseguir con el proceso de paz. El ELN no ha aceptado estas condiciones en estos cinco meses, si bien ha sido el atentado del pasado día 17 el que ha roto las negociaciones definitivamente. Siguiendo los parámetros de Ross, Gurr y Crenshaw, podemos observar varios procesos interconectados: a nivel externo, las posibles ventajas que ofrecía la negociación para una salida pactada a la violencia y que representase contraprestaciones para el movimiento se ha visto frustrada por el endurecimiento de las condiciones planteadas por el nuevo presidente colombiano, por lo que en términos de coste-beneficio, y teniendo en cuenta la amplia red de apoyos con que el movimiento cuenta, a la que se unen conexiones con el narcotráfico y una cifra estimada de 1800 combatientes, que garantizan todavía el control territorial de amplias zonas al oeste y norte del país y la simbiosis con tráficos ilícitos en las mismas, elevan los beneficios de reactivar la violencia, revestida de una retórica antigubernamental basada en el estancamiento de las negociaciones.

En el caso del coche bomba de Londonderry, diversas escisiones han surgido tras la entrega de armas del IRA tras los Acuerdos de Viernes Santo en 1998. La principal actividad de estas escisiones se ha basado en algunos tiroteos y asesinatos selectivos de miembros de las fuerzas de seguridad británica norirlandesa. Sin embargo, el Brexit y la posibilidad de transformar la frontera entre la república de Irlanda y el Ulster nuevamente en una frontera dura, lo cual anularía de facto los Acuerdos de 1998, en el sentido de volver a separar las dos Irlandas, ha restaurado la legitimidad de la lucha armada del IRA a los ojos de las bases sociales de las nuevas escisiones, que han retomado el uso de la violencia ante unos objetivos –la unificación de las dos Irlandas- que está en entredicho por el Brexit, y que todavía cuenta con altos niveles de cohesión grupal en términos de bases sociales entre la población católica del Ulster, al margen de la representación política que ofrecen partidos como el Sinn Feinn, brazo político del IRA, integrado en el sistema político democrático del Ulster y que también ha condenado el atentado. En este caso, por encima de consideraciones coste-beneficio, la coyuntura en el escenario político ha podido tener un mayor impacto en la selección de la contemporización del ataque.

Podemos concluir que del mismo modo que una serie de variables identificables acercan a los grupos terroristas a su declive y desactivación, cambios en el ecosistema de conflicto tanto a nivel político como de coste-beneficio puede reactivar la lucha armada como mecanismo de supervivencia de un marco ideológico que busca readaptarse para sobrevivir a dichos cambios contextuales, salvaguardando la capacidad de coerción por la vía armada. La monitorización de las bases sociales de dichos grupos para identificar posibles reactivaciones, de su actividad propagandística y técnica, y el refuerzo por parte de las fuerzas de seguridad del Estado en materia de prevención y disuasión son factores clave para evitar que la cabeza de la hidra vuelva a reproducirse.

[1] Ross, JJ; Gurr, T.R. (1989). Why terrorism subsides: a comparative study of Canada and the United States. Comparative Politics, 21(4), 405-426.

[2] Crenshaw, M. (1991). How terrorism declines. Terrorism and Political Violence, 3(1), 69-87.

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