• David Crevillén - GrupoDC Solutions / Beatriz

Gestión de Incidentes Armados: Buenos deseos para 2018.


Year 3 - Week 3

ISSN 2603 - 9931

Hemos cerrado un año más marcado por los incidentes armados y el terrorismo. Empezamos el 2017 con el incidente de tirador activo en la Sala La Reina de Estambul, perpetrado por un terrorista vinculado al Estado Islámico. Siguieron varios atentados de menor entidad en Francia, principalmente contra las Fuerzas de Seguridad del Estado, dos atentados con vehículo y apuñalamientos en Londres, los ataques con sendas furgonetas de Barcelona (agosto) y Manhattan (octubre), y dos de los peores tiroteos en masa en la historia de Estados Unidos, en Las Vegas y Texas, que se han alzado hasta el primer y tercer puesto de este ignominioso ranking. Todo ello solo en el mundo occidental. Egipto, Somalia o Afganistán hacen que las cifras del terrorismo y la violencia en la vieja Europa parezcan nimias. Las iglesias coptas en abril y la mezquita de al-Radwa en octubre, en Egipto o el atentado de octubre en Somalia que acabó con la vida de más de 300 personas son claros ejemplos de ello. Pueden parecer casos lejanos. Pero igual que las imágenes se viralizan en una red social determinada, los llamamientos a reproducir este tipo de ataques también en nuestros países es recurrente.

Sin embargo, también se ha avanzado en el estudio, prevención y gestión de este tipo de incidentes, y por suerte cada vez se trabaja desde una perspectiva más serie y multidisciplinar. Cerramos el 2016 iniciando una serie de artículos que definían los principales perfiles del tirador activo, y a través de dichos artículos, publicamos en esta misma revista, pudimos establecer la vinculación entre perfiles y las especificidades operativas que llevan aparejadas y cómo estas variables, unidas a ideología y contexto determinan la selección del modus operandi y del objetivo.

2017 también ha sido el año en que hemos consolidado programas formativos con dos objetivos específicos, agentes de seguridad privada por una parte, y ciudadanos, por otra. Cuando hablamos de incidentes activos no nos referimos exclusivamente a que el perpetrador está activamente implicado en la acción de causar víctimas masivas, ni tan siquiera en el hecho de que permanece realizando esta acción hasta que es neutralizado por las fuerzas de seguridad. Los incidentes activos lo son, y así también lo señala el FBI en su estudio pionero sobre los tiradores activos, por la capacidad que tienen los intervinientes inmediatos –las víctimas potenciales que se encuentran en el lugar de los hechos- de minimizar el número de víctimas a través de su actuación. Y desafortunadamente, los hechos demuestran que quienes están ahí carecen de formación específica para neutralizar la amenaza, por lo que los mecanismos de gestión deben ser otros, en el ámbito de la seguridad privada a través de programas formativos que provean al vigilante de herramientas de detección y alerta temprana de conductas sospechosas y que, aprovechando sus capacidades y conocimiento del entorno en el que trabaja, aplique con efectividad protocolos como Run-Hide-Fight/Tell y, especialmente, ayude a otras víctimas potenciales a aplicarlo en condiciones de seguridad.

Segundo, el ciudadano, como miembro de una organización, como usuario de un servicio o espacio público o privado, o como simple viandante: ¿qué hacer en caso de verse envuelto en un incidente armado como víctima?, huir, pero ¿huir hacia dónde?, esconderse, pero ¿esconderse cómo o en qué lugares el escondite proporciona además protección?, luchar como último recurso, ¿pero en qué condiciones?. Todos estos elementos parten de una premisa: existe un riesgo que podemos prevenir y que podemos gestionar, pero para ello hay que, primero, ser conscientes de ello y segundo, tener interiorizadas una serie de herramientas que nos permitan manejar en la medida de lo posible la situación. Y en este sentido la formación es clave. Una formación que no nos va a convertir en héroes, pero sí romper una posible situación de bloqueo que representa la diferencia entre la vida o la muerte. A esto nos referimos también con un concepto que consideramos importante a tener en cuenta, como es “Stop the Crying”, que surge en Estados Unidos en paralelo a Stop the Bleeding. Stop the Crying se refiere al hecho de que, para llevar a cabo el protocolo Run-Hide-Fight es necesario romper la situación de bloqueo debido al trauma inicial de verse envuelto en una situación de incidente armado: salvar vidas puede ser algo tan básico como acompañar mientras te pones a salvo a una señora que, simplemente, no sabe qué hacer. Finalmente, Stop the Bleed, un proyecto representado en España por “Evita una muerte, está en tus manos” y que se orienta al manejo de técnicas básicas de control de hemorragias masivas en incidentes armados como mecanismo de minimización de víctimas mortales.

Y poco a poco, en 2017 se ha ido avanzando, insistimos. Hace apenas unas semanas, con motivo de las fiestas navideñas, el Ministerio del Interior publicaba en sus redes sociales un breve vídeo-tutorial de qué hacer en caso de incidente terrorista que, pese a no ser ninguna panacea, es un paso más en la creación de conciencia situacional entre la ciudadanía. Del mismo modo, el 27 de diciembre entraba en vigor la Instrucción número 6/2017 del Ministerio del Interior, que recoge medidas de autoprotección en caso de ataque terrorista para tres colectivos específicos: ciudadanos, seguridad privada y policías locales. De nuevo, sin ser una panacea sí representa un gran avance en cuanto a estandarización de medidas a nivel nacional.

Pero todavía queda buena parte del camino por recorrer. La estandarización de protocolos son unas escasas pautas a todas luces insuficientes; la formación para seguridad privada en gestión de incidentes armados con múltiples víctimas debería ser obligatoria y regulada para cumplir requisitos de calidad y homogeneidad. Lo mismo puede decirse para las policías locales de nuestros ayuntamientos. Igualmente importante es el establecimiento de canales de cooperación de hecho y efectivos, que superen lo escrito en la ley. Una de las lecciones aprendidas de 2017 es que los tiempos de respuesta en caso de un incidente armado en muchos casos superan las previsiones, y que la falta de coordinación entre primeros respondientes e intervinientes inmediatos –especialmente personal de seguridad privada- incrementa todavía más estos tiempos. Ello se traduce en más víctimas. Sin paños calientes. ¿La panacea? Nuevamente no la hay: entrenar, entrenar y entrenar, y asumir errores con humildad para poder darles una respuesta adecuada. Aquí nuevamente entra en línea la necesidad de formación, pero ni a cualquier precio ni de cualquier manera. La formación es una inversión y se tiene que dejar de percibir como un gasto en términos económicos o incluso en términos de tiempo. Y el camino para esta formación y para recibir estos inputs acerca de dónde están nuestros fallos organizativos –tanto desde la perspectiva del ámbito público como del privado- son los simulacros. En este punto no nos llamemos a engaño: un simulacro no es un burdo teatrillo para lucimiento de toda la organización. Eso es un simulacro fallido. La función del simulacro es, como su nombre indica, simular un escenario real y medir –segundo concepto que muchas veces se olvida- la actuación de las partes intervinientes. Solo con una metodología que permita evaluar resultados de forma empírica se puede obtener un feedback que la organización utilice para corregir fallos y minimizar vulnerabilidades. Ello implica incluso un cambio de mentalidad: en un simulacro no hay errores, hay fallos que se deben corregir, y es mejor –creemos que todos convenimos en ello- identificarlos cuando las víctimas son figurantes maquillados y no usuarios de un centro comercial o asistentes a un concierto. El fallo de hoy, una vez identificado y corregido, puede ser la seguridad de mañana.

Finalmente, no debemos olvidar que la seguridad es una responsabilidad compartida entre sector público y privado. Es necesario implicar al mayor número de partes implicadas en el proceso de concienciación acerca de la amenaza que representan los incidentes armados y de proveerlas de herramientas de gestión. Plataformas como la Semana de la Ciencia de la Comunidad de Madrid con el curso-taller “Incidente Armado, ¿qué hago?”, o el mencionado proyecto “Evita una muerte, está en tus manos”, se han mostrado iniciativas de alto impacto en la sociedad a la hora de transmitir conocimiento en este sentido, pero distan de ser suficientes. Se requiere un esfuerzo conjunto entre entidades públicas y privadas que vayan de Ayuntamientos, hospitales, colegios, universidades, centros de ocio, y un largo etcétera para concienciar a trabajadores y usuarios de que todos podemos ser víctimas y en consecuencia todos podemos ser primeros intervinientes. Y por responsabilidad moral, debemos estar preparados y no eludir dicha responsabilidad. Por nuestra parte, estamos trabajando en ello.

Artículo publicado en la revista Tactical Online en Enero de 2018, pág. 49

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