• David Crevillén C. - GrupoDC Solutions / Beatriz

“Soft Targets” e Incidentes Armados: Terrorismo y Gestión del Incidente


Year 2 - Week 46

ISSN 2603 - 9931

David Rapaport hablaba ya en 2001 de las cuatro oleadas terroristas, en un texto que se ha convertido en un clásico[1]. En él define cuatro estadios o ciclos vitales en la evolución del terrorismo, cada uno de ellos determinado por un marco ideológico, un contexto político y social y una serie de modus operandi aparejados. La última oleada, señala el autor, es la del terrorismo religioso, cuyo principal protagonista es el terrorismo jihadista. Anclada históricamente en los hitos de la revolución iraní y la guerra soviético-afgana (1979), esta última oleada terrorista se basa en el fundamentalismo islámico en su vertiente más violenta, con modus operandi que parten de una premisa trascendental en la forma de las operaciones de martirio, es decir, aquellas que llevan aparejada la muerte del terrorista. Eso fue lo que le sucedió a la célula que el 11 de septiembre de 2001 lanzó varios aviones contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Sin embargo, como ciclos vitales, las oleadas terroristas no son fenómenos estáticos, sino adaptativos al siempre cambiante ecosistema de conflicto. En este sentido, el ataque terrorista más mediático de la Historia, ha dado paso a una pléyade de ataques, aunque también con una gran repercusión, con unas especificidades operativas que se alejan del primer modelo: Charlie Hebdo, Bataclan, Pulse, Niza, Berlín, Sala La Reina, Manchester o Londres son quizás los casos más representativos, si bien no los únicos, de ataques sufridos en suelo europeo o norteamericano desde enero de 2015.

Uno de los cambios más apreciables es el que se produce en la selección del objetivo, elemento este que se halla íntimamente relacionado con las capacidades del atacante, y por tanto, incide también en el modus operandi a emplear. El denominador común de todos los ataques mencionados en el párrafo anterior, si nos atenemos al tipo de objetivo, es que se trata de lo que se conoce como “soft targets” u objetivos blandos. Por objetivo blando entendemos los lugares con alta afluencia de público y alta percepción de seguridad subjetiva, con frecuencia de propiedad privada y bajas medidas de seguridad debido a su utilidad pública y con frecuencia relacionada con el ocio o las actividades sociales. Así, objetivos blandos serían lugares tales como centros comerciales, lugares de culto, espacios de ocio (parques, salas de conciertos, pabellones deportivos, e incluso paseos o zonas comerciales y de restauración), escuelas u hospitales. En términos generales, se tratan de lugares relativamente confinados, donde prima hacer la experiencia agradable al usuario –con el trauma psicológico que se puede derivar de sufrir un ataque en dichos espacios-, incrementando así su vulnerabilidad, y donde incluso es posible la toma de rehenes[2].

¿Por qué se ataca objetivos blandos?

Teniendo en cuenta el perfil del objetivo físico, el principal factor motivante de un ataque sobre objetivos blandos es de carácter organizativo. Como señalan Asal et al., los objetivos civiles –en oposición a “hard targets” con altas medidas de seguridad como pueden ser complejos u objetivos militares- son objetivos racionalmente seleccionados, puesto que facilitan la ejecución de la operación[3]: organizativamente, a mayores capacidades materiales y humanas de la organización, mayor sería la complejidad en la selección del objetivo, por lo que los objetivos blandos serían la selección racional y lógica en los grupos de menor tamaño y menores capacidades operativas. Ello nos lleva de vuelta a la consideración de los cambios estructurales sufridos por organizaciones como al-Qaeda e implementados por algunas de sus escisiones, especialmente el Estado Islámico, pero también a la inclusión de categorías como son los denominados lobos solitarios.

El 11 de septiembre de 2001 provocó una respuesta internacional frente al terrorismo jihadista que, si bien no condujo a la neutralización del fenómeno, sí contribuyó a provocar un cambio estructural en la organización de al-Qaeda, que entre 2001 y 2011 y a pesar de contar con polos de atracción como la guerra de Iraq, vio reducido el flujo de foreign fighters que lograban alcanzar los territorios bajo su control. Nuevas estrategias de ataque debieron ser diseñadas para paliar este debilitamiento, forjándose una nueva doctrina adoptada de forma intensiva por el Estado Islámico como es el uso de los lobos solitarios o jihadistas individuales. Dicha doctrina, cuyo precursor puede considerarse Mustafa Setmarian alias Abu Musa al-Sury[4], uno de los principales teóricos de al-Qaeda, tiene su base en la teoría de la “resistencia sin líder” de Louis Beam, y se basa en la idea de que, para burlar las medidas de seguridad de los Estados y minimizar las posibilidades de que las células operativas sean neutralizadas, dichas células deberían limitarse a un solo individuo, vinculado a la organización tan sólo por la ideología, mientras que aspectos operativos y técnicos serían resueltos a través de propaganda y know-how compartido. El concepto de Beam, acuñado durante los años ochenta, adolecía de fallos en estas cuestiones logísticas y operativas, problema que no obstante para 2001 estaba resuelto a través del uso de internet y que para 2010, fecha de publicación del primer número de Inspire, la revista de al-Qaeda, que recogía el famoso artículo “How to Make a bomb in the kitchen of your Mom”, quedaba en gran medida solventado a través de su distribución masiva por Internet a través de redes sociales y foros.

Esta reformulación organizativa tiene también su traducción operativa y en términos de selección de objetivos. Habida cuenta de que la figura del lobo solitario –sea de naturaleza jihadista o no- carece de vinculación de hecho con la organización, no hay una jerarquía clara que determine los objetivos a atacar. Nuevamente, este problema se ha subsanado a través también de los órganos propagandísticos de al-Qaeda, especialmente la serie de artículos en Inspire de propio al-Sury, y del Estado Islámico a través tanto de sus revistas Dabiq primero y Rumiyah después, como de su aparato de propaganda audiovisual. El denominador común, nuevamente, de los objetivos sugeridos son los lugares que mejor representan el modo de vida occidental, aquéllos con gran afluencia de público y reducidas medidas de seguridad: en otras palabras, los objetivos blandos. Y puesto que la nueva estructura de las organizaciones terroristas reduce las posibilidades de entrenamiento militar clásico, son los propios órganos de propaganda los que proporcionan el conocimiento necesario a nivel táctico: desde cómo implementar el ciclo de preparación del ataque terrorista a cómo conseguir y utilizar armas tales como un AK-47, o, especialmente, como transformar elementos cotidianos como un cuchillo de cocina o un vehículo en armas con las que sembrar el terror[5]. En este sentido, a mayor concentración de víctimas potenciales, mayor letalidad de dichas armas de fortuna y mayor impacto mediático y psicológico del ataque. Y con todo ello, maximización y expansión de la percepción de la amenaza en la sociedad.

Por todo ello, en el ataque sobre objetivos blandos confluyen aspectos ideológicos, doctrinarios, estratégicos y operativos que aprovechan la vulnerabilidad del entorno y las víctimas para incrementar los daños físicos y psicológicos del ataque.

Target Hardening.

La respuesta lógica al problema de los objetivos blandos es “endurecer” los objetivos, y en este sentido la responsabilidad debe ser compartida por toda la organización, sea una empresa situada en un edificio, la organización de un concierto en un pabellón deportivo o sala de fiestas, o un espectáculo al aire libre. Aunque en los últimos dos años la amenaza ha venido marcada por el terrorismo, la lista de riesgos no es excluyente: un lobo solitario como Anders Breivik, un extrabajador enfurecido que planea un ataque o un individuo enajenado son perfiles que, independientemente de la motivación o de la táctica empleada[6], también pueden sembrar el caos sobre un objetivo blando.

Newman definía ya en 1972 el concepto de espacio defendible como un modelo que inhibe el crimen creando la expresión física de un tejido social autodefendible[7]. Sobre esta teoría, incluyendo nuevos elementos derivados de la introducción de nuevas tecnologías, se construye el modelo ampliado CPTED (Crime Prevention Through Environmental Design)[8], que añade a los elementos de actividades de apoyo, control de accesos y el endurecimiento de objetivos propiamente dicho. Si nos centramos en los dos últimos aspectos, ambos pretenden dificultar a los criminales –atacantes en el caso que nos ocupa- la perpetración del acto delictivo o ataque, en nuestro caso, sobre el objetivo[9]. En términos de teoría racional, elevar los costes del ataque y reducir los beneficios del mismo para que el objetivo resulte menos atractivo y se abandone la opción de atacarlo.

¿Qué medidas implementar para endurecer el objetivo a proteger? Ciertamente la motivación y naturaleza de la agresión varían: mientras un ladrón puede verse disuadido por un sistema de vídeovigilancia, posiblemente éste no surtirá ningún efecto sobre un terrorista, que verá en dicho sistema un escaparate mediático. Por tanto las medidas de seguridad, si bien necesarias y con un enorme valor, no son suficientes en el supuesto de un ataque armado que busca no un objetivo crematístico, sino elevar el número de víctimas a lo más alto posible. En este caso, el principal rol debe recaer en el factor humano como clave del espacio defendible, en la concienciación, la preparación y la reacción, tanto de los servicios de seguridad privada si la hubiere como del personal de la propia organización.

1.- Concienciación: la amenaza existe y es asimétrica y adaptativa. A mayor nivel de planeamiento del ataque mayor adaptación a la vulnerabilidades del objetivo. Por tanto el análisis de riesgos es vital, pero también lo es la vigilancia y la contravigilancia de elementos y actitudes sospechosas sobre bases cotidianas. Pero por obvio que parezca, el primer paso es contar con todo ello e integrarlo en las pautas de actuación habituales.

2.- Preparación. El ciclo de planeamiento de un ataque lleva tiempo y presencialidad que puede ser detectada por ojos que saben qué buscar. Si bien es cierto que las posibilidades de que un incidente armado tenga lugar en un objetivo blando como un centro comercial, la triste realidad es que pese a minoritarios, son los incidentes que mayor número de víctimas provocan. Por tanto estar preparados para saber cómo gestionar el incidente es clave: romper el estado bloqueo y secuenciar la actuación de modo que se proteja el mayor número de vidas posible, desde cómo desarrollar adecuadamente una evacuación ordenada a cómo tratar a víctimas con hemorragias masivas, pasando con comunicar de forma adecuada la información acerca de un incidente en desarrollo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y servicios de emergencia.

3.- Reacción. Desde que se inicia el incidente hasta que las Fuerzas de Seguridad y emergencias llegan al lugar de los hechos se produce el denominado intervalo de respuesta. En este periodo de tiempo de extensión variable, las víctimas, los usuarios del centro comercial, del concierto o del restaurante están desamparados de no ser por los efectivos de seguridad privada y trabajadores de la organización. En este sentido, éstos últimos se convierten en primeros respondientes que deben gestionar el incidente hasta que concluye el intervalo de respuesta.

Sin embargo, estos tres elementos de concienciación, preparación y reacción no surgen de la nada. Precisan de un proceso de formación previo que va desde el conocimiento de los distintos perfiles y modus operandi aparejados a las pautas a seguir de forma ordenada pero flexible y adaptada en cada caso para minimizar el número de víctimas o de técnicas básicas de contención de hemorragias (TCCC)[10]. Por tanto no es tan sólo formación teórica, sino también práctica. Resulta perentoria la protocolización de estándares de actuación[11] y la realización de simulacros que permitan al personal que actuará como primeros intervinientes interiorizar dichos protocolos de actuación en caso de verse obligados a gestionar un incidente armado. Y resulta no menos necesaria la medición de resultados tras estos procesos formativos para identificar qué nuevos riesgos se han detectado en el proceso y cómo mitigarlos de forma adecuada.

En GrupoDC Solutions llevamos más de dos años trabajando en esta línea, a través de la investigación en categorización de perfiles e incidentes que permitan proporcionar tanto conocimiento acerca del fenómeno como respuestas adaptadas al incidente, a través de la formación teórica y práctica del personal de las organizaciones que operan en objetivos blandos y la medición y auditoría de resultados con el método propio MARÍA[12] desarrollado por nuestro equipo de trabajo. Todo ello con un único objetivo compartido con el resto de la comunidad de seguridad: salvar vidas.

[1] Rapoport, David (2004). “The four waves of modern terrorism”, en Cronin y Ludes (eds.), “Attacking terrorism: elements of a grand strategy”, Georgetown University Press, pp. 46-73.

[2] Hesterman, J (2015): “Soft target hardening: protecting people from attack”.

[3] Asal, V., et al. (2009): “The softest of targets: a study on terrorist target selection”, en Journal of Applied Security Research, volume 4, issue 3, pp. 258-278.

[4] Lacey, J. (2008) “A terrorist’s call to global jihad: deciphering Abu Musab al-Suri’s Islamic Jihad Manifesto”, Naval Institute Press.

[5] Crevillén, D. (2017): Hacia una categorización de los tiradores activos: el jihadista individual. En Revista Tactical Online, Mayo 2017, pp. 19-28

[6] Crevillén, D. (2017): Asesinos en masa, amok y lobos solitarios: hacia una categorización de los tiradores activos. Revista Seguritecnia, núm. 441, abril 2017, pp. 98-100.

[7] Modelo basado en cuatro elementos: territorialidad, vigilancia natural, imagen y grupalidad.

[8] Prevención de la Criminalidad a través del Diseño Ambiental.

[9] Lab, S. (2014). Crime Prevention, 8ª edición. Anderson Publishing, Maryland. P. 55.

[10] TCCC: Tactical Combat Casualty Care.

[11] Protocolos como Run-Hide-Fight o Run-Hide-Tell, en combinación con TCCC, adaptados de forma específica a los condicionantes de la seguridad privada en nuestro país o a la formación habitual de los trabajadores de las distintas organizaciones en materia de autoprotección o prevención de riesgos laborales.

[12] Método de Análisis para la Respuesta a Incidentes Armados. El método MARIA es una marca registrada propiedad de GrupoDC Solutions sl

Artículo publicado en la revista Seguritecnia en Octubre 2017

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