• David Crevillén C. - GrupoDC Solutions

Categorización de los tiradores activos (III): El Jihadista Individual


Year 2 - Week 19

ISSN 2603 - 9931

Este tercer artículo sobre la categorización de los tiradores activos pretende dar un paso más en la concreción del fenómeno, desde la categoría del lobo solitario a la subcategoría del jihadista individual o mujahid al-munfaridu. Efectivamente, y sistematizando el sustrato ideológico, la noción de jihad, el radicalismo islámico violento, no es sino una adhesión a un causa política, la construcción del Califato y la expansión de la Ummah, que, pese a su imbricación religiosa y por la misma naturaleza teocrática del Islam, se traduce en acción violenta en la forma de la guerra santa o, en otras palabras, el uso de la violencia moralmente sancionada como mecanismo de expansión ideológica. En este marco de sanción social es donde debemos circunscribir y desde donde debemos analizar la figura del jihadista individual y por qué la selección del modus operandi del tirador activo.

1.- El jihadista individual como lobo solitario: aspectos doctrinarios.

El Islam como religión instituye como obligación de todo buen musulmán llevar a cabo la jihad para la expansión de la Ummah. Jihad no significa necesariamente uso de la violencia. El verbo árabe “jahada” significa “esforzarse”, de ahí la distinción entre “jihad mayor” o esfuerzo individual por ser un buen musulmán y a través de las acciones atraer a nuevos fieles a la Ummah o comunidad islámica, y “jihad menor”, o expansión de la Ummah por las armas. Es aquí donde la doctrina jihadista comienza a apartarse de la práctica musulmana moderada, y es en este punto donde debemos introducir una serie de precisiones terminológicas. En primer lugar, el concepto de territorio, que opone “dar al-Islam” o territorio bajo el dominio de la sharia o ley islámica, al de “dar al-harb” o territorio que o bien está habitado por kuffar (infieles), o bien tras haber sido “dar al-Islam”, ha vuelto a caer en manos infieles –a lo que se añade el delito de apostasía; uno de los objetivos del jihadismo es ampliar la Ummah de dar al-Islam a la conquista de toda el área considerada dar al-harb. Esta división dicotómica del mundo está en la raíz de la idea de la jihad global, pues todo lo que no es dar al-Islam es, por tanto, susceptible de ser conquistado. En segundo lugar, mientras el Corán protege a “las gentes del libro” –practicantes de las dos religiones reveladas hasta la época de Mahoma, esto es, judíos y cristianos- esta distinción pierde peso en la versión jihadista del Islam, para englobarlas en la categoría de “infieles” (kuffar), susceptibles por tanto de ser sometidos por la fuerza tanto a ellos como a su territorio. Si la distinción de dar al-Islam y dar al-Harb estaba en la raíz de la expansión territorial de la Ummah, el concepto ampliado de kuffar, al que se añaden aspectos políticos, sociales, económicos y jurídicos relacionados con la cultura y hegemonía occidental a nivel global, están en la raíz del “targeting” y de la selección de víctimas del terrorismo jihadista. Por tanto, como mencionábamos en artículos anteriores, a diferencia de lo que sucedía en casos de amok, el terrorismo jihadista, sea individual o en células, realiza una selección racional de objetivos en base a consideraciones, entre otras, ideológicas.

2.- El jihadista individual como lobo solitario: aspectos psicosociales.

Como subcategoría de los lobos solitarios, el jihadista individual va a presentar elementos comunes, pero también algunos específicos vinculados a su propio marco ideológico-cultural. De acuerdo con Marc Sageman, psiquiatra forense pionero en el análisis de la conducta jihadista, pese a que variables conductuales y psicológicas pueden interferir en la formación de la personalidad jihadista, son elementos sociales los que presentan un mayor impacto en la misma. De este modo, deberíamos diferenciar dos procesos secuenciales: el proceso de radicalización y la conversión en jihadista individual. Estos procesos se dan indistintamente tanto en países musulmanes como países de mayoría no-musulmana pero con comunidades de esta religión, si bien es en los segundos donde el proceso de radicalización cobra mayor importancia, pues en los primeros en mayor o menor grado goza de la sanción de la sociedad.

El proceso de radicalización surge como respuesta de individuos a un contexto que les resulta hostil, produciéndose en este momento la primera fase de la construcción de agravios y de adhesión a la causa. Este entorno hostil se percibe con mayor frecuencia por motivos obvios en estratos inmigrantes musulmanes que se han asentado en países europeos en las últimas tres décadas –tengamos en cuenta que el jihadismo contemporáneo tal y como hoy lo conocemos tiene su origen histórico en la guerra soviético-afgana (1979-1989)- y que de acuerdo nuevamente con Sageman, la construcción de agravios se debe más a la disociación entre expectativas y realidad laborales que a niveles culturales o económicos, en un proceso que se acentúa en los inmigrantes de segunda generación, que integran el choque de expectativas de los padres, un choque cultural entre lo que se vive en el marco privado –musulmán, más o menos conservador-, y el público –occidental-, y una situación socioeconómica derivada del proceso de integración de los padres y que afecta a las capacidades de integración de los hijos. En este contexto, el ser humano, gregario por naturaleza, trata de reconstruir el marco social en que se siente seguro reforzando los lazos con su comunidad de origen, que en el caso de las comunidades musulmanas inmigrantes en Europa ha girado en torno a las mezquitas. Éstas, a su vez, se convirtieron en los años noventa y primera década del 2000 en caldos de cultivo del reclutamiento jihadista: los reclutadores –miembros vinculados en uno u otro modo al aparato logístico de organizaciones como al-Qaeda- fijaban objetivos potenciales y mediante la generación de vínculos reconstruían una estructura social a nivel micro basada en la doctrina jihadista y el reforzamiento de los agravios percibidos, separando paulatinamente al individuo de su marco social hasta integrarlo en un marco social reconstruido e independiente dentro de la red jihadista. Podríamos decir que estábamos ante un modelo de radicalización inducida y presencial, off-line. Y este modelo vuelve a entroncar con procesos de radicalización autónoma al estilo de Anders Breivik a través de Internet: efectivamente, analizando los últimos casos de terrorismo jihadista tanto en Europa como Estados Unidos, la figura del radicalizado inducido coexiste con la del autoradicalizado a través de internet –redes sociales, foros, aparato de propaganda de organizaciones como al-Qaeda y el Estado Islámico basado en vídeos y publicaciones, etcétera-, que también reconstruye su estructura social y se adhiere a una nueva, esta vez online, basada en vínculos digitales e ideológicos que sirven de vehículo de integración, a su vez, en la red de la organización terrorista. Es en este punto donde encontramos al lobo solitario jihadista propiamente dicho.

3.- El jihadista individual como lobo solitario: aspectos operativos.

La pregunta subyacente es, ¿realmente es jihadista individual es un lobo solitario? ¿o por el contrario actúa individualmente, pero con el apoyo de una organización en aspectos técnicos y logísticos? Aunque la segunda opción es común, en los últimos años al-Qaeda y uno de sus principales estrategas, Mustafa Setmarian aka Abu Musab al-Sury han desarrollado fundamentalmente a través de la revista Inspire la doctrina del mujahid al-munfaridu o jihadista individual.

Dentro de una estructura organizativa en red –como es el caso de al-Qaeda y en consecuencia de su escisión, el Estado Islámico- la unidad mínima es la célula. Ello no es novedad, lo mismo sucede en modelos organizativos jerárquicos de terrorismo. Sin embargo, apunta Setmarian en su obra ya clásica Llamada a la Resistencia Islámica Global, el acoso al que el movimiento jihadista global se ha visto sometido tras la intervención estadounidense en Afganistán en 2001 ha mermado la capacidad de infiltrar células jihadistas en Occidente. La respuesta que al-Sury plantea entronca con Louis Beam y la idea de leaderless resistance, en el sentido de que no es la opción más deseable, pero es la opción más ventajosa: puesto que las dificultades de la infiltración han crecido y puesto que las capacidades de las Fuerzas de Seguridad occidentales se han reforzado en materia de detección y neutralización de dichas células, la opción más adecuada es operar a través de células unipersonales que aúnen tanto los elementos tácticos como logísticos y, en consecuencia, puesto que carecen de relaciones físicas con el exterior –esto es, con el resto de la organización- son casi imposibles de detectar hasta el momento mismo del ataque. Como se puede observar, las similitudes respecto a lo planteado por la teoría de la Beam, son múltiples. Ello conlleva otra ventaja: puesto que las operaciones de seguridad occidentales están minando los recursos humanos de la jihad, esta forma independiente de integración en el aparato de terror constituye una fuente inagotable e indetectable de desplegar operativos por todo el escenario de conflicto.

Sin embargo, los propios condicionantes del terrorismo conllevan una serie de especificidades. El terrorismo se basa en la maximización del impacto psicológico, por lo que dentro de la autonomía operativa que la figura del mujahid al-munfaridu son necesarias unas directrices que maximicen los resultados en pro de la jihad. Revistas como Inspire y, siguiendo el modelo de ésta Dabiq primero y Rumiyah después, proporcionan dichas directrices comunes acerca de posibles objetivos, tipos de operaciones, medidas de seguridad a implementar en el proceso de preparación del ataque, etcétera. De este modo, sistemáticamente ambas organizaciones han institucionalizado el “entrenamiento online”, como parte sustitutiva del proceso de reclutamiento off-line que mencionábamos en el epígrafe anterior: ya no es necesario que la organización facilite al mujahid el viaje a un campo de entrenamiento en Iraq, Yemen o Afganistán, sino que a través del aparato de propaganda proporciona los conocimientos básicos para perpetrar un ataque en Occidente con armas accesibles o materiales de uso dual y armas de fortuna: vehículos, armas blancas, explosivos caseros e IEDs, etcétera. Con ello se consigue una cierta cohesión e idiosincrasia del atentado terrorista: aquélla que hace que desde julio de 2016 los europeos asociemos a jihadismo un atropellamiento múltiple con un camión.

4.- ¿Por qué tiradores activos jihadistas?

La selección táctica en el terrorismo se basa en una triada: 1) accesibilidad a armas, 2) capacidad (entrenamiento) para utilizarlas, y 3) propósito del ataque: letalidad, repercusión mediática, impacto psicológico, etcétera. Sobre estas consideraciones se aplicará el ciclo de planeamiento del ataque que, recordemos, es lo que diferencia un ataque terrorista de otros incidentes armados como puede ser un caso de amok.

La pregunta que nos surge inmediatamente es por qué en países como los europeos utilizar armas de fuego, mucho menos accesibles que otras armas de fortuna –camiones o turismos, como vimos a finales de marzo en el atentado de Londres-. Más allá de la respuesta puramente logística –los tráficos ilícitos y el mercado negro de armas de fuego sigue gozando de buena salud, como mostró el pasado mes de enero la Operación Portu-, la respuesta operativa gana puntos, y se centra en qué se quiere conseguir, y especialmente, en el targeting. Si comenzábamos esta serie de artículos diciendo que una de las diferencias entre los casos de amok y los casos de lobos solitarios –de carácter terrorista como Anders Breivik o de carácter pseudocomando como el Virginia Tech- era la selección de las víctimas, indiscriminadas en el primer caso y discriminadas o limitadas a un colectivo en el segundo, vemos que la pauta se reproduce en el caso jihadista: la teoría dice que las víctimas son kuffar (infieles), y por ello la selección de objetivos son lugares con alta afluencia de público donde el número de bajas se maximice. El lugar físico también tiene un componente simbólico a tener en cuenta: normalmente lugares de alta afluencia de público lleva aparejado nociones de ocio y esparcimiento, donde los niveles de seguridad subjetiva son altos, lugares donde el público no espera ser atacado, y donde normalmente las medidas de seguridad objetiva son básicas. Es por ello que el impacto mediático y psicológico se maximiza, pues la falta de preparación de las infraestructuras, el personal y las víctimas es, hoy por hoy, un hecho: este modelo de ataques terroristas dejan, más si cabe, al descubierto las vulnerabilidades de la arquitectura de seguridad occidental y especialmente europea. Y ello es un elemento que la estrategia de combate jihadista tiene en cuenta.

Finalmente, este tipo de ataques juega con otras variables y ventajas. La violencia del procedimiento y el aprovechamiento de los tiempos de respuesta de los primeros respondientes puede dar lugar a situaciones de atrincheramiento y toma de rehenes, pero también abre un abanico de posibilidades y combinaciones con otros procedimientos como son las bombas-trampa y las operaciones suicidas, que, por otra parte son una de las tácticas clásicas del terrorismo jihadista.

A modo de conclusión –escéptica- si aplicásemos una escala de índices de sofisticación en la construcción teórica y operativa que va del caso de amok al del terrorismo jihadista y del fenómeno del jihadista individual, éste último sería probablemente el más evolucionado. Y ello es fundamental a la hora de diseñar los mecanismos de prevención, desde los procesos de radicalización a las medidas de mitigación frente a este tipo de incidentes; los protocolos de gestión de los incidentes, pues la propia doctrina de la jihad condiciona el modelo de ataque y su conocimiento puede aportar valiosa información acerca de cómo diseñar la respuesta y, finalmente, cómo articular toda la cadena que dicha gestión requiere, desde la concienciación ciudadana y el entrenamiento en cómo actuar en caso de ataque terrorista con tirador activo, al partenariado de seguridad formado por primeros respondientes –seguridad privada, pública y servicios de emergencia- y equipos tácticos. Un enfoque poliédrico es el modelo por el que debería pasar una gestión orientada a minimizar bajas, aumentar la eficacia de la respuesta y, especialmente, reducir la percepción de amenaza en la sociedad, reconociendo que, si el miedo impera, el terrorismo gana.

Publicado en la revista Tactical Online, mayo 2017.

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