• Beatriz Gutierrez

¿Sigue vigente el paradigma de las oleadas terroristas?


Year 2 - Week 10

Posiblemente una de las clasificaciones más sistemáticas del terrorismo internacional se la debamos a David Rapoport y su teoría de las oleadas terroristas[1]. En este trabajo, ya un clásico en los estudios de terrorismo, Rapoport presenta el terrorismo internacional como un proceso evolutivo en el que las ideologías se suplantan, pero las tácticas se acumulan, pudiendo ser rescatadas en un momento u otro según consideraciones racionales. Dando unas breves pinceladas de la clasificación de este autor, Rapoport define una oleada terrorista como un ciclo que temporalmente se corresponde con una generación, es decir, unos cuarenta años, y cuya fuerza motriz es una ideología. Obviamente éstas tienen ciclos vitales superiores a las generaciones biológicas y sociales, por lo que habrá solapamientos entre una oleada que pierde energía y otra que cobra protagonismo. Ello tiene una explicación sociológica simple: las ideologías, los intereses políticos e incluso los valores cambian de generación en generación. Como construcciones sociales, las ideologías se hallan también sometidas a los ciclos de vida de los individuos que las hacen posibles. Así, desde la aparición del terrorismo contemporáneo en la Rusia zarista, podemos diferenciar cuatro oleadas:

1.- Oleada anarquista nihilista, basada en el Catecismo Revolucionario de Nechayev y el concepto de propaganda por la acción de Kropotkin, buscaba el derrocamiento del zarismo y la extinción de las clases sociales. En lo táctico, se basó en el pistolerismo y el magnicidio o asesinato de personalidades vinculadas al gobierno. El modelo se popularizó por toda Europa, pasando del propio zar Alejandro II al español Cánovas del Castillo o al archiduque Francisco Fernando en 1914, punto de inflexión que da paso a la I Guerra Mundial.

2.- Oleada de liberación nacional, iniciada tras el lapso de tiempo provocado por la I y II Guerra Mundial y el inicio del proceso de descolonización, en el que el terrorismo es utilizado como mecanismo de oposición a los ejércitos coloniales. La ideología, nacionalista, tenía como objetivo la independencia del territorio. Casos como el judío o el argelino se basaban en asesinatos, al igual que en la oleada previa, pero reformulando el targeting y el modus operandi: se pasó de las figuras públicas a personal del régimen colonial, especialmente policías y militares, buscando una respuesta represiva que posibilitara la escalada de violencia y la pérdida de legitimidad del Estado, y del pistolerismo a la combinación de éste con artefactos explosivos con los que hostigar a la población civil colona y extender una sensación de inseguridad que les obligara a renunciar a la colonia en pro de la seguridad de la metrópoli.

3.- Nueva Izquierda. Erigida como vanguardia del Tercer Mundo en Occidente, estos grupos de extrema izquierda combinaron el targeting de figuras prominentes y de low profile vinculadas a la administración, pero también del mundo de la economía liberal, representante del sistema occidental a derrocar. Así, primaba el simbolismo en los ataques. Introdujeron los secuestros de forma sistemática y la extorsión como mecanismo de presión y financiación. Asesinatos como el de Aldo Moro por las Brigadas Rojas italianas, secuestros como el del avión de AirFrance desviado a Entebbe conjuntamente por el FPLP y las Baader Meinhof o el “Impuesto revolucionario” de ETA[2], son ejemplos de ello.

4.- Oleada de terrorismo religioso. El punto de inflexión lo marca 1979 con la Revolución Iraní y la ocupación soviética de Afganistán. Tras un siglo de reformulación doctrinaria que conduce al islamismo político y al jihadismo contemporáneo, se establece una dicotomía que configurará el proceso de targeting, el “nosotros” musulmanes vs. “ellos” infieles, en una acepción ampliada que incluye connotaciones políticas, sociales, económicas y especialmente, culturales. El terrorismo religioso jihadista introduce de forma sistemática el terrorismo suicida como fórmula de maximización de víctimas con ataques totalmente ajustados al objetivo.

Y sin embargo, ¿cómo podemos encajar esta periodización cuando en menos de una semana un grupo anarquista griego manda una carta bomba a las oficinas del FMI en París, un jihadista autoradicalizado intenta robarle el arma a un militar en el aeropuerto de Orly y otro jihadista atropella con su coche a una veintena de personas para después apuñalar a un oficial de policía en las puertas del Parlamento británico? ¿Estamos ante una quinta oleada amalgama de las cuatro anteriores? Lo que los hechos nos demuestran es que la ideología importa, pero los modus operandi parecen ser transversales a ella. Gorka Landaburu perdió varios dedos por una carta bomba de ETA –¿nacionalista o nueva izquierda?- en 2001. El terrorista del aeropuerto de Orly, como el individuo que intentó un ataque similar en el Museo del Louvre a comienzos de febrero de 2017, trataron de arrebatarle el arma de fuego a un militar, y en ambos casos los dos perpetradores fueron abatidos: ambos ataques han sido capitalizados en redes sociales por elementos projihadistas como casos de brutalidad policial y de doble rasero por parte de las autoridades, que no dudaron en calificarlos de terroristas y no con otros epítetos, como desequilibrados: ¿no parece el target sorpresivamente similar al caso argelino en los 50, donde lo que se buscaba era la reacción policial en forma de una escalada de represión?

Y llegamos, en estos poco más de siete días, a Westminster. Cuando logramos una visión de conjunto del ataque, ¿a quién no le vino a la mente Israel?. Y sin embargo, ni tan siquiera es algo novedoso. A pesar de la mediática “Intifada de los Cuchillos”, incluso coreada por el propio Estado Islámico, el uso de armas blancas es ancestral –recordemos a la secta de los Asesinos-, pero no es ni tan siquiera novedosa en Palestina: en 1992, en plena I Intifada, se produjo “la guerra de los cuchillos”, escalada violenta y racional promovida por los grupos emergentes islamistas frente a la resistencia civil de los partidos seculares. La elección del arma no es baladí: accesible, fácil de esconder y de utilizar con unas nociones básicas, y garantiza al menos un número reducido de heridos –independientemente de la gravedad, que va en consonancia con las capacidades del atacante, hasta que la amenaza es neutralizada. Lo mismo podemos decir de los atropellamientos, utilizando un vehículo a motor como arma de fortuna. En el caso israelí el primer ataque de estas características tuvo lugar en 2008 y se ha reproducido con relativa asiduidad desde entonces: bulldozers, excavadoras y, principalmente coches, hasta llegar a hablarse en 2014 de “Intifada as-Syaraat” o “Intifada de los coches”.

Por tanto, pese a los cambios ideológicos y de motivación, podemos observar un continuo reciclaje táctico por parte del terrorismo internacional. En esta “guerra de la pulga”, como la calificaba Robert Taber[3], el hostigamiento es la clave, y ello no requiere medidas sofisticadas. El problema es que las medidas no sofisticadas son difíciles de detectar, pero la ventaja es que son más sencillas de prevenir tomando las medidas adecuadas. Es perentorio diseñar mecanismos de prevención ambiental y endurecimiento del objetivo con barreras físicas para evitar atropellamientos sin que tengan un impacto psicológico en la población. Es igualmente clave contar con protocolos de actuación donde los primeros intervinientes puedan ser los propios ciudadanos, y para ello la concienciación y la práctica a través de simulacros, ejercicios y acercar unas nociones básicas de seguridad a la ciudadanía es vital. Sólo se deja de temer lo que se conoce, y por ello la formación, la preparación y la prevención son claves para neutralizar el terror, arma fundamental del terrorismo. Reforcemos, pues, nuestras fortalezas gestionando y mitigando nuestras vulnerabilidades.

[1] Rapoport, David (2004), “The Four Waves of Modern Terrorism”, en Cronin, A., et alter, Attacking terrorism: elements of a grand strategy. Georgetown University Press, Washington DC., pp. 46-73

[2] ETA es un caso de adaptación al ecosistema, adaptándose en su discurso de su inicial orientación de liberación nacional a otra próxima a la nueva izquierda, pero siempre manteniendo un delicado equilibrio entre ambas tendencias que le permitiera no perder sus bases sociales,

[3] Taber, Robert (1967), “La guerra de la pulga. Guerrilla y Contraguerrilla”, Biblioteca Era Testimonio, México DF.

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